14 de diciembre de 2008

La propiedad privada




Existen circunstancias en las que dos derechos fundamentales entran en conflicto. En tal caso, se establece una jerarquía entre ellos, prevaleciendo el de mayor rango. En general, el derecho a la vida, a la integridad física y a la libertad del ser humano es de orden superior a cualquier otro derecho. La libertad humana sí que es un bien absoluto, al cual deben supeditarse el resto de considerandos.

Entre otros, el legítimo derecho a la propiedad privada, reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 17.
Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente.

Derecho que yo defiendo a ultranza, y que se ve conculcado en todo el mundo en personas a las cuales el sistema les condena a no poseer nada. Nada, ni tan siquiera el mínimo que les permita la subsistencia.

La propiedad privada no es un bien absoluto, sino que es un medio para lograr el bienestar del ser humano. Defender la legitimidad de la acumulación de capital en unas pocas manos de unos pocos países, lleva indefectiblemente a asumir que miles de millones de personas no tengan derecho a poseer nada. Si el derecho a la propiedad privada es absoluto, lleva a una contradicción, pues el ejercicio de ese derecho sin límite llevaría a transgredir necesariamente ese mismo derecho.

El derecho a la propiedad privada, pues, tiene que estar sometido al bien común. Pues como narra la Declaración en su primer artículo:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

Continuando en el segundo:
Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de [...] origen nacional o social, posición económica [...].

Esto es, todos tenemos derecho a todos los derechos, incluído el de la propiedad privada. No sólo unos pocos. Todos.

Después de dejar claros que esta Declaración de Derechos es inherente a cualquier ser humano, llega el tercer artículo:
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

A este derecho superior quedan sometidos el resto de derechos, el recogido en el título decimoséptimo inclusive.

Antes que el derecho a la propiedad privada, está el artículo cuarto:
Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.

Por cierto, el quinto, para los que creen que todo vale en la lucha contra ETA:
Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.


Por el contrario, en el sistema capitalista, el derecho a la propiedad privada de unos pocos, o más exactamente, la acumulación de capital, es no sólo un derecho absoluto, sino el objetivo último del sistema.

Puede que todo esto suene a muy revolucionario, y que la alternativa que propongo segan los koljós. Nos hemos acostumbrado a la idea de que la propiedad es un fin, no un medio. Pero incluso en un sistema liberal de mercado como el de nuestro moderno mundo, también existen límites a la propiedad privada.

Por ejemplo, si alguien en sus tierras se encuentra, arando, una sepultura celtíbera con un rico ajuar de piezas en oro, el Estado reclama su pertenencia. Por mucho que esa tierra sea del paisano, el patrimonio arqueológico es de todos, y en vez de ir a parar a las manos del paisano (que seguramente las fundiría, como se ha hecho a lo largo de la historia destruyendo las trazas de nuestro pasado) quedarían en depósito en un museo tras su estudio y acondicionamiento, para el conocimiento y disfrute de todos.

La propiedad de la tierra es del paisano, pero tiene sus límites.

De igual forma, vemos incongruente que un ciudadano acaudalado reúna una serie de soldados (soldado es aquel que recibe la soldada, venga de quien venga) y forme un ejército particular, con sus armas de asalto, carros o incluso helicópteros si el rico se los puede costear. Esto puede ocurrir en Colombia, con sus escuadrones de la muerte, pero no en países avanzados.

Por mucho que defendamos el derecho a la propiedad privada, parece que todos estamos conformes en que sólo puede haber un ejército, a la órdenes de las autoridades políticas (otra cosa es que el heredero del dictador sea el jefe del ejército, pero bueno). Por mucho que el hipotético ciudadano acaudalado pagase a los soldados y los armaría con su propio dinero, parece de todos asumido que hay funciones que corresponden en exclusiva al Estado.

Por poner otro ejemplo, también nos parece lógico que el trazado de una autopista o vía férrea no tenga que ser modificado para rodear la propiedad de un propietario terco que se niegue a vender, y que, pare evitar el perjuicio al bien común que supondría millones de euros en gastos así como alargar el recorrido del trazado, el Estado ejerza su prerrogativa a la expropiación, compensando justamente al propietario (en ocasiones con largueza, menudo negocio hicieron los que compraron tierras, justo por donde iba a pasar la A-52, justo unas semanas antes de hacerse público el trazado).

Nada de ello nos parece extraño, ni vivimos en la Rusia stalinista por que existan unos límites a la propiedad privada, para adecuar su ejercicio con el bien común (sin ir más lejos, los impuestos).

Vemos que, ni tan siquiera en nuestras sociedades capitalistas, hemos caído en el sinsentido de considerar el derecho a la propiedad privada un bien absoluto.

Bien. Seguimos.



Supongo que conoceréis la historia de Caín y Abel. Hay quien ha dicho que narra la eterna rivalidad entre agricultores y ganaderos (utus y tutsis). Otros, el conflicto entre sociedades productoras y los antiguos cazadores-recolectores.

Tonterías, yo os contaré la verdadera historia.

Caín era un agricultor, allá por los tiempos de Maricastaña. Caín cultivaba trigo, cebada y, para la siega, usaba las hoces de Abel. Abel era un hacendoso artesano que vendía a Caín las herramientas que necesitaba en su trabajo, el cual le pagaba con los beneficios que obtenía en el mercado vendiendo su excedente. El sistema estaba equilibrado, y todos vivían en paz y concordia.

Pero Abel, de natural codicioso como todos los siervos de Dios, quiso aprovecharse de la situación y torcerla para su beneficio. Le dijo un día a Caín que ya que él necesitaba para ganarse la vida las herramientas que él fabricaba, sin las cuales sería incapaz de trabajar la tierra, a partir de entonces él, Caín, debía trabajar para él. Abel le suministraría las herramientas, y a cambio, recibiría todo el fruto de la tierra y del trabajo de Caín. De ese total, que sería Abel quien lo llevaría al mercado, Caín recibiría unas monedas, en pago por su esfuerzo.

Ahora ya sabéis porque Caín mató a Abel, el primer capitalista.


Corrieron los siglos y los hijos de Abel se hicieron fuertes. Crearon Estados, y religiones, que promovían sus intereses. Así la historia, rodando, rodando, llego al feudalismo. El feudalismo nace a finales del imperio romano, cuando los terratenientes del Bajo Imperio concedían tierras a personas libres, que en adelante serían sus vasallos, a cambio de una contrapartida (trabajo en las tierras del señor, participación en las levas, dejar que se follase a tu mujer cuando le pluguiere...). Este pacto o contrato de esclavitud vitalicio y, con el tiempo, hereditario, recibía el nombre de foedus.

Este sistema de relaciones humanas ha estado vigente desde las postrimerías del Imperio de Occidente, allá por los siglos IV-V, hasta nuestros días. Se basa en el reconocimiento de la legitimidad del terrateniente a poseer grandes extensiones de terreno, que cede a otros a cambio de que trabajen para él. Como toda la tierra era de uno u otro noble, había de someterse a este abuso, si no querías que morir de hambre.


El engaño consistía en que hubiera una persona que poseyera extensiones muy superiores a las que podía trabajar por su cuenta. Alguien podría pensar que esta situación era injusta, y que haber nacido de un coño noble no daba derecho a vivir del trabajo de los demás toda tu vida. Pero para desactivar esa pregunta, estaba la religión (la cristiana, pero también la musulmana o la hindú), para justificar y legitimar como designio divino esta situación de desequilibrio e injusticia que conducía, indefectiblemente, a la explotación de la mayoría del pueblo por una pequeña minoría (a decir verdad, esto ya llevaba siglos practicándose, pero es en el feudalismo cuando la explotación se situó en el centro del sistema ideológico).

Lo curioso de este asunto es que todos cuando leemos sobre aquella época, comprendemos que era un abuso de los nobles sobre la mayoría, que vivía esclavizada para sostener económicamente al noble y su ejército, que utilizaba precisamente para aumentar su presión sobre ese mismo pueblo.

Con los años, claro, la clase privilegiada medró y el puto pueblo de siempre tenía que hacer frente a los gastos que originaba una corte con un estilo de vida despilfarrador. La mayoría, que pertenecía a la clase productiva, vivía subyugada para mantener la opulencia de una minoría no productiva integrada de nobles, militares y clérigos, los órdenes superiores.

A todos nos merece repulsa este mecanismo de explotación institucionalizado por el Estado y sacralizado por la Iglesia (a cambio de sus servicios de cobertura ideológica, recibía prebendas y canonjías). Sin embargo, curiosamente, nos parece de lo más natural ese mismo orden de cosas cuando opera, exactamente la misma forma, en nuestros días.

Los absurdos de nuestra mente primate son verdaderamente sorprendentes.

La mayoría del capital está en unas pocas manos. Y nosotros hemos de emplearnos en sus fábricas, en sus negocios, pagar nuestras hipotecas que hemos pedido para poder trabajar en algo, dormir bajo techo o incluso ¡poder acceder a la universidad!. Exactamente la misma situación.

¿Por qué esta situación nos parece asumible, cuando nos parecía injusto el sistema en la Edad Media? El avance de la ciencia y la técnica ha permitido un desarrollo en el nivel de vida, pero seguimos trabajando para otros, para unos pocos que son los que poseen las herramientas que necesitamos para el trabajo, la tierra, los yacimientos, el capital. Ellos lo poseen TODO, y a nosotros sólo nos queda, si no queremos morir de hambre, trabajar para ellos.

Esto es, en rigor, feudalismo. Sistema que, insisto, comenzó en el siglo V y sigue aún vigente.


Retrocedamos de nuevo en el tiempo, ahora a la Edad Media en Europa. Un noble, con los beneficios que obtiene explotando al campesinado, emprende la construcción de un puente. Este puente, en principio, es una magnífica aportación para la comunidad, pues permite que las personas y mercancías no tengan que dar un rodeo para salvar el río, aguas abajo, en un vado o con una barcaza; ahorrando de esta manera muchas molestias y esfuerzos y mejorando la productividad de la economía local.

Ello está muy bien, pero el noble, como era su dinero, quiere algo a cambio. Todo aquel que hiciere uso del puente, había de pagar un canon: el portazgo. Desde la lejanía que nos concede la perspectiva histórica, podemos argumentar ¿hasta qué punto el dinero invertido en la construcción era SU dinero, y no el dinero de toda la comunidad que acabó en sus manos debido al sistema económico/político establecido? Si dudamos de la legitimidad de ese dinero, también ponemos en cuestión el derecho que tiene el noble de cobrar por cruzar un puente que fue pagado, en último término, por el trabajo de los campesinos y artesanos, es decir los vasallos de su señor y única clase productiva.

Bien. ¿Me queréis explicar cuál es la diferencia sustancial, entre la tasa de portazgo y el peaje que tengo que pagar para transitar por una autopista? No es una pregunta retórica, espero respuestas.

Por cierto, para vuestra información, ni siquiera, a diferencia de la Edad Media, el dinero lo pone sólo el que luego va a tener el derecho de cobrar por su uso. Por poner un ejemplo cercano, la autopista Santiago-Ourense fue sufragada a partes iguales con dinero público y privado. Es decir, que la mitad del dinero lo pagamos TODOS. Sin embargo, el cobro es patrimonio exclusivo de una empresa privada. Y es uno de los peajes más caros de España.

Nosotros ponemos el trabajo y, en ocasiones como ésta, buena parte del capital. Pero ellos ponen el cazo.

Eso es feudalismo, que, con el paso de los años, se ha perfeccionado. A la perfección del feudalismo se la conoce como capitalismo.

El feudalismo, en esencia, es una mala broma que permite que unos pocos puedan vivir del esfuerzo de la inmensa mayoría. Las leyes, la economía, la religión, estaban montados de tal forma que una clase minoritaria pudiera imponerse a la mayoría y perpetuar su explotación. Ello se basaba en la defensa como principio absoluto de la legítima propiedad que el noble en cuestión detentaba sobre los medios de producción de su territorio (empezando por el más básico, la tierra, pero también sobre el molino, el mercado, los talleres, el horno...). A quienes pertenecían al pueblo llano, no les quedaba más remedio para subsistir que emplearse como mano de obra semi-esclava, con ciertos derechos legales pero ninguno real frente a los abusos del noble, ya que no tenían independencia económica.

¿Podría alguien explicarme qué diferencia hay entre el feudalismo y el sistema actual? ¿No es éste, acaso, el mismo sistema de siempre?

Y, por favor, la mejor pregunta: ¿Por qué aquel es comunmente reprobado mientras que éste es considerado la base de la democracia? ¿Es necesaria la propiedad privada de los medios de producción, y lo que ello implica, el trabajo asalariado, para que exista la democracia? ¿Hemos de ser esclavos, para poder liberarnos? Esto parece ilógico, sólo al alcance de mentes perturbadas como la de Sor Maravillas de Bono.

"Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta"

Para que exista Democracia, tiene que crearse una clase de pequeños artesanos en los burgos, los cuales con el tiempo logran la independencia económica y exigen para sí los mismos derechos que tienen los ricos. Así sucedió en la Atenas clásica, así sucedió en Inglaterra en el siglo XVII, cuando se le obligó al Rey a aceptar una monarquía parlamentaria. Tenemos la madre de todas las revoluciones burguesas, la Revolución Francesa, que uso como ariete la sansculotterie depauperada pero cuya dirección recayó en las clases medias.

Para que exista Democracia tiene que existir ciudadanía. Hombre y mujeres libres. Cada vez más endeudado, y por lo tanto menos dueño de su destino, el pueblo es menos libre. De esta forma, con una sociedad de semi-esclavos, nos alejamos del ideal democrático para volver a un feudalismo del cual jamás llegamos a salir.

¿Qué fue el franquismo sino un retorno al feudalismo, a un orden basado en los privilegios?

¿Qué diferencia hay entre trabajar las tierras de la Condesa de Murillo, o en la empresa de los Gil de Biedma? Si en los dos casos, estás trabajando para otros. Y en los dos casos, para la misma persona.

Volviendo al origen del artículo, es perfectamente legítimo el derecho a la propiedad privada. Ni siquiera en la Unión Soviética se negaba este derecho, pues sería absurdo. ¿Qué van, a colectivizar tus calzoncillos? Seamos serios.

Toda persona tiene derecho a la propiedad privada. Puede tener un coche, y ser sólo suyo, comprando con el fruto de su trabajo. Puede tener una televisión, un DVD, una colección de sellos o un armario lleno de ropa. Puede tener un piso, y ser de su propiedad.

Lo que no puede es poseer la tierra sobre la que se asienta el piso, como han entendido en Marinaleda, o poseer 10 pisos para alquilarlos y vivir del trabajo de otros.

El límite de la propiedad privada es cuando se acaparan los medios de producción, es decir, los medios materiales para que una persona pueda ganarse la vida con su trabajo. Pues entonces, estamos viviendo del trabajo de otros, y esto es intrínsecamente inmoral.


Corolario:

Para terminar, respondo a mi propia pregunta. ¿Cual es la diferencia entre el sistema feudal y el capitalismo actual? Son lo mismo, se basan en la explotación de la mano de obra asalariada, legitimando la propiedad privada de los medios de producción. ¿Entonces? ¿Cuál es la diferencia?

Para explicar este último punto, os propongo un nuevo viaje. Vamos a quedarnos en nuestra época, hace tan sólo unos pocos años (antes de se comenzara a fraguar la tormenta perfecta) pero cogemos un avión al Japón deflacionario. Allí, pedimos un crédito de chorrocientos millones de yenes, a un tipo de interés del 1%. Cogemos ese dinero prestado y tomamos el avión a Islandia, donde compramos deuda a un tipo del 15%. Al cabo de un año, nos pasamos por Islandia y retiramos nuestro dinero más los intereses. Vamos a Japón, y devolvemos el dinero que pedimos prestado, más el 1% que acordamos. Y de regreso a casa, vuelvo con el 14% de chorrocientos millones de yenes que pedí prestado. De hecho, el viaje es solamente virtual, pues todo este dinero jamás ha llegado ha hacerse físico en papel moneda, y todo lo he hecho cómodamente sentado delante de un ordenador.

Este es sólo uno de los múltiples mecanismos financieros, que tratamos en el mendiguito hace tiempo: el efecto Islandia.

Al cabo de un año, se han creado 0,14*chorrocientos millones de yenes, que antes no existían. Se han creado de la nada. No he asumido ningún riesgo, ni he invertido en ninguna actividad productiva. No hay más riqueza en el mundo que respalde o justifique la creación de mis millones. Pero el caso es que ahí están, mis millones existen y cada euro tiene tanto valor como el euro de aquel trabajador que, ignorante de este mecanismo, ha tenido que ganarlo con el sudor de su frente.

El problema es que este trabajador, nominémosle con un genérico Juan, tiene que competir en la cola del pan, en la frutería, al comprarse un coche o un piso, con mis millones virtuales, además de con los millones de su jefe. Si el pobre Juan viviera en un sistema feudal, sólo tendría que competir en el mercado con su jefe, el noble. Eso es lo que sale perdiendo con el capitalismo, tiene un nuevo nivel de explotación sobre él, una nueva clase improductiva a la cual mantener.

En esencia, pues, el capitalismo no es más que una vuelta de tuerca más en el sistema de explotación llamado feudalismo, en la que a las tradicionales formas de acumulación de capital basadas en la explotación del trabajo asalariado, se une la creación del dinero de sí mismo, por un absurdo proceso de generación espontánea.

Ya para terminar. Juan ignora los mecanismos que permiten acumular millones sin trabajar (y de que no lo aprendan sus hijos se encargan los responsables autonómicos de la educación pública). Pero aunque lo supiese, de nada le serviría: el banco japonés jamás le prestaría a Juan los chorrocientos millones de yenes que necesita para iniciar el juego. Para poder pedir un préstamo de chorrocientos millones, tienes que tener chorrocientos millones.

Al juego del capitalismo, sólo pueden jugar los ricos.

Es evidente, si no, no habría juego.




Como regalo para el valiente que haya aguantado todo el tostón, una de las mejores piezas del rock en nuestro país:

6 comentarios:

wenmusic dijo...

Poco que añadir, la verdad. Habrá quien no lo entienda, y diga que sí estamos mucho mejor porque tenemos playstations, calefacción y podemos meter una papeleta en una hurna para dejar que nos roben, exploten y engañen unos u otros en mayor medida. No dudo de que los avances en medicina y tecnología junto con la pseudo democracia instaurada en nuestros avanzados países enmascaran el hecho de lo que comentas en el post, para no ver que estamos en una situación muy parecida a la Edad Media, solo que es más difícil darse cuenta y mucho más difícil luchar contra un sistema injusto, aunque perfeccionado.

El mendigo dijo...

No hombre, si o de la play y la calefacción está muy bien. Y además de todo eso, que el trabajador tenga una participación en el accionariado de la empresa.

Que las fábricas, los campos, las empresas sean de quienes trabajan en ellas. Y para aquellas que necesiten una capitalización superior (en sectores como la energía, obras públicas, etc) que sea el Estado quien ponga el capital.

No es cuestión de volver a la Edad de Piedra, sino sólo de limitar los excesos. Y han de limitarlos los que se exceden. Con ello, habrá quienes no pueden tener yates o incluso jet privado, pero la mayoría podremos vivir algo más desahogadamente. No hay yates para todos (ni planeta que lo soporte), pero sí que, repartiendo equitativamente la riqueza, nadie tiene porqué pasar necesidad.

Y no me cabe duda que las empresas, pasados unos años, marcharían mejor gobernadas por los trabajadores que no por los depredadores que las dirigen actualmente.

picapiedra dijo...

Estoy en sintonía con la mayor parte de tu apunte, excepto en la defensa de la propiedad privada, al menos tal como la entendemos hoy. Propongo algunos ejemplos: tengo derecho a una vivienda y la vivienda será mía mientras haga un uso de ella para cubrir mi necesidad de alojamiento. Cuando yo muera, la vivienda pasa a formar parte de la comunidad y será habitada por alguien que la necesite. Mi trabajo me obliga a desplazarme en coche (el servicio público no cubre mis necesidades) luego el coche me pertenece siempre que le dé el uso para el que lo necesito. Si quiero irme de vacaciones en coche (siempre y cuando el servicio público no cubra mis necesidades) hay un coche a mi disposición para ese uso en concreto. La videoconsola es un bien de carácter lúdico y cultural, luego, todas las personas tienen el derecho de poseer una videoconsola para su uso y disfrute... y así hasta el infinito. Es decir, sí al derecho a la propiedad, no a la acumulación de bienes para especular u ostentar. Y menos aún para utilizar esos bienes como forma de sometimiento al prójimo.

El mendigo dijo...

Mmmmm. Interesante, interesante.

Sobre todo, con lo que has dicho de la vivienda.

Mi idea es que nadie puede poseer la tierra. La tierra es de todos. Lo que sí que puedes tener es el usufructo de esa tierra (es decir, puedes cultivarla y cobrar su beneficio).

De la misma forma, puedes comprar un piso. Y es tuyo. Lo que no es tuyo es el suelo sobre el que se edifica, que es de todos. Por lo tanto, no puedes especular con él. Por decirlo así, tuya es la estructura de ladrillos, que es por lo que pagas.

Claro que una vivienda es un bien con una duración inmensa, que supera generalmente la vida de una persona. Entonces entraríamos hasta que punto es legítimo el derecho de herencia. Tengo bien claro que no se puede heredar una fortuna o una empresa (para empezar, pues nadie debiera ser dueño único de una empresa o poseer una fortuna). Ahora, sí que pudiera ser, no sé si justo, pero aconsejable, desde un punto de vista psicológico, permitir la transmisión hereditaria de bienes modestos (una vivienda, unos ahorros...).

Es un tema complejo, la verdad. Porque por una parte, en un sistema en que el Estado provea de lo imprescindible, no es necesaria la institución de la herencia. Y a partir de ahí, que cada uno se las apañe, sea tu padre quien sea.

Pero por otra parte, el saber que tus hijos van a heredar es una responsabilidad y un compromiso para no malgastar lo que ganas en imbecilidades.

No sé, no sé, es un tema difícil. De todas formas, yo me contentería con poner unos impuestos draconianos a las herencias. Se podría poner la fiscalidad como una curva que tienda a una síndota situada en, pongamos, 50 kilos. Nadie puede heredar más de 50 kilos. Si tienes 10, el Estado se queda con 0,1. Si heredas 20, el Estado se queda con 1. Si heredas 40, el Estado se queda con 5. Si heredas 100, el Estado se queda con 55. Si heredas 1000 millones, el Estado se queda con 951. Si heredas 10.000 millones, el Estado reclama 9.950,1.

De esta forma se impediría la perpetuación de las fortunas familiares. Cada nuevo ciudadano tendría que demostrar su valía, sin importar quien han sido sus padres.


Y luego quedan los bienes menores. Lo que tú propones es un sistema de redistribución comunista puro, y en eso sí que no estoy de acuerdo.

Para los bienes de consumo sí que me parece mucho más ágil y eficiente el mercado. Tú recibes un dinero como pago de tu trabajo y con él te compras lo que te salga del nabo. Pues por ejemplo, a mi de nada me serviría una play (no tengo ninguna ni la quiero). Y las cosas que a mí me interesan a otro se la traen muy floja.

Sobre todo, mi rechazo es porque ello implicaría la existencia de un Estado todopoderoso que dirigiera la vida social de un país. Y antes que eso, que me quede como estoy.

El Estado debe regular la vida económica para garantizar la libertad de los ciudadanos (es decir, la justicia, la redistribución, prevenir el abuso y la explotación, impedir la acumulación de capital...), pero debe ser cada vez menos intrusivo en la vida de los ciudadanos, dejándoles a su libre arbitrio.

El Estado, básicamente, sólo debe asegurar que todos los ciudadanos gozan de iguales oportunidades (REALES), e impedir la creación acumulaciones de capital que distorsionen los mercados y desequilibren la sociedad.

Pero lo cierto, es que es bastante complejo. Porque al regular la vida económica tienes que de alguna forma intervenir en la esfera personal de los ciudadanos. No es un asunto simple, y habría que jugar con esos dos factores: dirigir la economía sin menoscabo de la libertad del ciudadano.

picapiedra dijo...

Yo únicamente estoy en favor de la existencia de un Estado fuerte, protector y garantista de derechos mientras el sistema que desarrollamos sea el que es, es decir, un sistema que prima el beneficio personal por encima de cualquier otra cosa. Una vez abolido ese sistema, el capitalista, el Estado sobra y únicamente debe permanecer como árbitro de que las reglas se cumplan ¿Y cuales deben ser esas reglas? La Declaración de Derechos Humanos me parece un buen punto de partida, mejorable, pero un muy buen texto sobre el que empezar a construir una nueva sociedad. Llamémosle comunismo, socialismo, anarquia o pericolospalotes, pero el texto supremo han de ser los Derechos de la ciudadanía, de TODA la ciudadanía a nivel mundial. Todo lo demás lo considero fórmulas para marear la perdiz y tener a la mayoria sometida a los deseos de una "élite" minoritaria. Si la Tierra y sus recursos son de todos, a todos nos asiste el derecho de su uso y disfrute. Si el trabajo fuera voluntario yo creo que nos sorprenderíamos de la cantidad de personas que acudirían a trabajar todos los días. Lo que no es normal es que el trabajo se haya convertido en obligatorio y encima los réditos de mi esfuerzo sean recompensados con migajas en comparación a personas que úncamente empezaron desde un punto más ventajoso que el mío. El trabajo no debería remunerarse con dinero para comprar cosas. El trabajo debería ser una forma de realización personal y una forma de devolver a la sociedad lo que la sociedad te dá. Pero sin obligación, por gusto. Y aquellas tareas desagradables que seguramente no se cubrirían habría que dotarlas de un régimen de turnos para repartir entre todos. Una vez abolida la obligación de trabajar ¿para qué meter más horas de esfuerzo con el unico fín de tener una casita en la playa si el poeta por escribir y recitar poemas en la plaza del pueblo y el ingeniero por inventar artefactos que nos simplifiquen la vida también la puede tener? Sé que suena a simpleza y tal vez lo sea, pero puede que haya que volver a reivindicar lo simple.

El mendigo dijo...

No, sabes que no dices simplezas. Lo que propones ya ha sido planteado por muchos antes (es el ideal del estado comunista). Pero para que funcione ese sistema tendríamos que vivir en un futuro de abundancia. Y he aquí el problema, porque lo que nos espera, con una población creciendo exponencialmente es un futuro de escasez, de lucha feroz por los recursos naturales y hasta por un lugar de trabajo.

Aunque precisamente un control estatal férreo permitiría optimizar recursos en un futuro de escasez...pero es que me da congoja.

Me explico: todos vemos necesario un Estado que asuma las funciones de seguridad. Para que no venga un tipo fortachudo (armado) y se líe a ostias con los que son más débiles. Es decir, para evitar los abusos. ¿La contraparte? Pues es evidente, porque entonces, tienes que armar a una serie de "fortachudos" a los que llamas "policía", y ¿Quién nos defiende de nuestros defensores?

Pero la misma idea de un Estado (como conjunto de la ciudadanía) que se autodefienda de los que quieren imponer la violencia física para avasallar al más débil...es la que hay tedrás de mi planteamiento de la necesidad de un Estado que, una vez alcanzada un estadio de igualdad social, vigile por mantenerlo, para que no haya nadie que, precisamente gracias al mercado al que antes he defendido, empiece a acumular capital muy por encima del resto de la sociedad y vuelva a reproducirse la explotación.

Para ello, es lo que propuse de una fiscalidad sobre EL PATRIMONIO, no sobre las rentas. Así, el que empiece a ser asquerosamente rico, cada año el Estado le meterá el sablazo e impedirá que se convierta en peligrosamente rico.

De la misma forma, quien sea pobre, se le aupará de nuevo para que esa espiral lo conduzca a la miseria.

De esta forma, el Estado lo único que tiene que hacer es cobrar impuestos y vigilar el cumplimiento de las leyes básicas(con un corpus cada vez menor). Conducir la actividad económica para evitar ineficiencias y abusos, y ordenarla según el bien común, y no particular.

Y ya está, y no le concedo al Estado ni un punto más. No debe meterse en mi vida.

Por el contrario, si el Estado decide si yo debo o no tener una play (es sólo un ejemplo, por pillar lo que teníamos a mano), está condicionando severamente mi vida y metiéndose donde no le llaman.

Un Estado con semejante poder sobre el ciudadano se convierte necesariamente en un Estado opresor y explotador. Como podemos ver en China, que es el país con un sistema de explotación más refinado. Como ocurría en los tiempos de Stalin, con millones de rusos trabajando como mano de obra esclava en los Gulag.

Hay que tener mucho cuidado con lo que creamos, porque podemos dejar de estar explotados por los empresarios, a estarlo por el Estado o, más concretamente, por los que forman el aparato del mismo.

Saber bien a quien le das poder, la cachiporra por así decirlo. Porque el que tenga la cachiporra, el poder, la va usar tarde o temprano en su propio beneficio para abusar del resto de la sociedad. Por eso es vital que toda fuerza esté balanceada, que no haya ninguna fuerza que no tenga su oposición.

Para terminar: yo verdaderamente creo que si el trabajo fuese voluntario, o si no voluntario, más libre, se harían mejor las cosas.

Un abrazo, tronk!