10 de mayo de 2007

Relato



Como todos los días desde hacía unos meses, me levantaba a las ocho de la mañana para ir al instituto, era mi primer año.
Ese día me desperté antes de que sonara el reloj, casi era la hora, así que lo apagué y me levanté.
La casa estaba en silencio y una vez más tuve envidia de mis padres, que en invierno se levantaban más tarde que yo.

Salí de casa hacia la parada del autobús, que está en las afueras del pueblo. Nunca llevo reloj, pero me parecía que llevaba bastante tiempo esperando y no sabía porqué se retrasaba tanto el autobús.
En invierno amanece tarde por lo que aún era de noche y no había luna. No me da miedo la oscuridad ni recorrer el tramo de casa a la parada que me lleva unos 10 minutos, pero mi imaginación empezaba a traicionarme.
Por un momento creí ver unos ojos brillando y me sobresalté más cuando me pareció intuir que algo se movía entre los cercanos matorrales.

Decididamente el autobús no iba a venir, no estaba segura de lo que veía y el amanecer tampoco se mostraba, así que volví a casa.

Todo seguía en silencio. Entré en mi habitación. Fue entonces cuando me fijé en el reloj. Eran las 4:30 de la madrugada.

Hasta los 11 años fui sonámbula, pero tampoco puedo asociarlo a esto, pues no lo recordaría. Lo que hacía en ese estado me lo contaban después mis padres y hermano. Yo nunca recordaba nada.

5 comentarios:

Campurriana dijo...

Curioso ese estado de la mente...

Y qué alegría pensar que aun tienes unas horitas para dormir...

:)

Raíña Loba dijo...

Sí, aún dormí las horas que me quedaban y cuando se lo contaba a nuna compañera de clase, no me creía.
Supongo que vi mal las agujas del reloj. Y seguramente los ojos que brillaban fuesen los de algún gato, y el viento que movía los matorrales hicieron que yo creyese otra cosa.
La imaginación se desborda.

Lo que más me inquieta es saber que de pequeña hacia cosas de las que no tenía consciencia. Me levantaba dormida y a veces mi hermano me alcanzaba ya en la calle y yo no recordaba nada al día siguiente. El me decía que tenía los ojos abiertos.
Uf, me da miedo pensarlo.

Campurriana dijo...

Raiña, recordaba esta historia...ya me la habías contado...me sonaba familiar...

Lo bueno de que mi memoria no sea muy buena es que puedo volver a disfrutar de relatos como éste una y mil veces, como si fuese la primera vez...y remontarme a aquellas charlas interminables nocturnas en aquellos pisos que compartimos...con esos tazones tan grandes de leche con cacao (por no hacer publicidad)...

:)

flor de un día dijo...

¡Agghh! Es algo angustioso, lo siento. El saber que hay algún momento en el que no soy plenamente consciente de lo que hago y digo... Me agobio con sólo pensar en las veces que me han dicho que hablo, chillando, en sueños.

El mendigo dijo...

"El saber que hay algún momento en el que no soy plenamente consciente de lo que hago y digo..."

¿Y habrá algún momento en el que lo seas? :p

De todas formas, también es bonito dejar largar la lengua sin pensar muy bien todo lo que dices.