17 de enero de 2008

En la aldea



Se llamaba Teodora.
Comenzaba la década de los 50 y vivía en una aldea de la montaña orensana.
Mi madre, que entonces era una niñita, recuerda vagamente a su tía paterna, pero sobre todo recuerda unas enaguas rojas.

Se enamoró de la persona equivocada, según sus padres. Ellos estaban convencidos de que ese hombre no era el adecuado para ella: su familia tenía una cuarta menos de tierra. De hecho, ya le habían encontrado la pareja que mejor convenía a sus intereses.

Cuanto más se lo prohibían, más se querían y hacían lo posible por estar juntos. Sus padres la vigilaban y casi la tenían prisionera en casa para que le olvidara; tanto le amargaron la existencia que un día decidió suicidarse.
Por casualidad entró una vecina en el patio y la encontró colgando de una cuerda, la sujetó por las piernas y la alzó, pidió ayuda y cortaron la cuerda.

Pasó un tiempo en que todo estuvo tranquilo, pero el amor continuaba ahí y pronto volvieron a verse a escondidas. Cuando sus padres se enteraron, la enviaron a Barcelona junto con unos familiares, a trabajar lejos de lo conocido y querido.

En su casa pronto se recibieron noticias de Teodora: había muerto bajo las ruedas de un tranvía.

Su amor jamás se atrevió a salir del pueblo.

Tras la noticia se volvió loco y quedó al cuidado de su familia.

4 comentarios:

Campurriana dijo...

Una triste historia con ese toque romántico-trágico que tanto gusta a nuestra Raiña...

Y es que muchas veces lo prohibido es lo que más se desea...
O lo que engorda... :)

¿Por qué seremos tan raritos?...

Raíña Loba dijo...

Sí, siempre me han gustado las historias tipo Romeo-Julieta.
Me parece romántico, pero nada práctico.
¿Dónde está la gracia si te mueres? sí de verdad existiese ese: y las almas se juntarán en el más allá, creo que lo mejor es luchar por lo que crees, por lo que quieres sobre todo si encuentras apoyo en la otra persona.

El mendigo dijo...

La presión de la sociedad.

Existe, hoy también, pero en otro sentido.

La cuestión es no poder tomar las decisiones libremente.

flor de un día dijo...

No creo que ellos se quisieran por tenerlo prohibido. Quizás al darse cuenta de que amarse estaba prohibido (menuda aberración) vieran sus pasiones acrecentadas, pero desde el inicio no creo que lo tuvieran presente. Precisamente los sentimientos no se eligen. Si se meten deudas de sociedad, se tergiversan y pasan a ser algo postizo.
Conozco también otra historia, bastante parecida, en la que un joven y la criada de su casa se amaron y tuvieron una hija. El padre, dueño de la casa, al saberlo, ordenó al hijo que se desentendiera de esa nueva estirpe mugrienta; y así lo hizo. Al poco tiempo, el chico murió (podría poner un toque teatrero diciendo que murió de desesperación amorosa, pero no lo sé) y el abuelo, quizás para expiar sus culpas, al morir también, años más tarde, dejó como única heredera a su nieta ilegítima.
Supongo que todos tenemos cerca historias de este tipo que, contadas con mejor o peor atino, se pueden convertir en un simple culebrón mal enredado como los que por desgracia conocemos tan bien o en una maravilla como bernarda alba. Sin duda, prefiero a esta última que a romeo y julieta. Mucha más crudeza, desesperación y vida.