17 de diciembre de 2006

Harina o cazas





Hay guerras mediáticas, como han sido las dos guerras del Golfo, el conflicto palestino, la desmembración de Yugoslavia. Sin embargo, otras guerras pasan desapercibidas para el ciudadano de a pié.

Excepto las masacres étnicas en Ruanda y Burundi, el resto de conflictos que desde hace décadas desangran al continente negro rara vez llegan a tener la entidad suficiente para colarse en las páginas de un periódico, ya ni pienso en disputarle minutos televisivos a la muerte de Rociíto (¿es esa la que murió, no?).

Por curiosidad estaba leyendo un artículo sobre la guerra que mantuvieron a finales de los '90 Etiopía y Eritrea, dos de los Estados más pobres del globo. Cuando se habla de estos países, a uno se le viene a la mente imágenes de niños malnutridos, de esqueletos vivientes.

Una Estado tan pobre que no es capaz ni de auxiliar a aquellos campesinos que una sequía algo más prolongada les manda derechos al infierno.



Lo que yo no sabía es que en ese conflicto, ambos gobiernos compraron endeudándose ( quiero decir, endeudando a sus países con cargo a su futuro; no personalmente, bien entendu) una buena remesa de aviones de húltima hornada.

Mencionan los MIG-21 o el Sukhoi (Сухой) 27, quizá el caza de superioridad más efectivo que haya existido nunca. Aparatos extremadamente caros pilotados por mercenarios ex-pilotos soviéticos. Como entrenar a un piloto de estos trastos es una tarea de toda una vida de estudio y preparación, la venta de estos aparatos se hace asociada a una tripulación que sepa extraer de ellos todo su potencial.

Que haya países que gasten en armamento aquello que luego escatimen en políticas sociales, es síntoma de la ceguera con la que piensan (Japón y Alemania son lo que son porque se les prohibió desarrollar su ejército y no entraron en la loca carrera armamentística, pudiendo dedicar recursos a la reconstrucción y reestructuración de su tejido productivo).

Pero que países que no tienen ni para salvar la vida de sus gentes, cuando un puñado de harina o arroz bastaría para que viviesen aunque sea un día más, y compren juguetitos de 2 millones de dólares cada uno, para defender unas fronteras que a la postre nada importan al ciudadano, tan vejado por un estado como por el otro. Que Etiopía, después de recibir ayuda internacional para que la mitad de su población no muriese de hambre en las hambrunas cíclicas que le afectan (en 1999, 4 millones y medio de etíopes dependían de la ayuda internacional para no morir de hambre), compre material bélico por valor de cientos de millones de dólares a cargo de una deuda externa que supera los 5000 millones, excede todo límite, todo calificativo.

¿Infame?

¿Atroz?

¿Obscena?

Nada, me quedo corto. Tal paradoja se me antoja la miseria y degradación humana en estado puro.



Y todo ese negocio con la muerte de muchos, y la miseria de muchos más ¿a quien beneficia? A la todopoderosa industria del armamento. Fundamentalmente radicada en EEUU, Europa y Rusia.

Nosotros podemos fundir la tarjeta de crédito en el centro comercial al lado de casa por que, entre otras cosas, existen gobiernos corruptos que endeudan a sus países y los conducen mediante políticas criminales a la miseria, miseria que beneficia a nuestras democráticas sociedades occidentales.

Asentamos nuestra abundancia sobre la miseria de los demás. En el caso de las ventas de armas, esta relación se muestra en su lado más vil y abyecto.

¿En España? En España también. Además de EXPAL S.A (Explosivos Alaveses), que han exportado minas antipersonas y obuses con gas mostaza, mucho después de de firmados por España tratados que prohibían tal comercio, con la anuencia o directa y satisfecha complicidad de los sucesivos gobiernos (luego Zapatero se trasviste como Bambi para salir a las cámaras)...tenemos a Izar, EADS-CASA o Indra, empresas que reciben ayudas del Estado Español para investigación en nuevas armas, que computan en los presupuestos del Estado como gastos en I+D (se estima que un 20% del total, mientras que sólo el 2% de la partida en I+D se dedica a la investigación científica).

Nadie es inocente, como decía el Maki.

Nosotros tampoco.

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